¿Prestar dinero a amigos o familiares.?
¿Es una buena idea?
Un día, María llega a su trabajo y comienza con sus labores habituales. De repente, una compañera se acerca, la saluda, conversan un poco y, como suele ocurrir en cualquier trabajo, hablan sobre cómo están las cosas.
En algún momento, la compañera de María le cuenta que está pasando por una situación económica complicada.
María es una persona que lleva sus cuentas justas, muy justas, pero también tiene un grado bastante alto de empatía y quiere ayudarla. Entonces, su compañera le solicita un préstamo de 50 dólares.
¿Qué pasa?
Para María, esos 50 dólares no representan un excedente de sus ingresos. Representan un esfuerzo para poder prestarlos. Incluso podría significar tener que sacar el dinero de una tarjeta de crédito y asumir un interés por ello.

Aun así, María decide prestarlos. Quiere aliviar un poco la situación de su compañera.
Pasa el tiempo, llega la fecha de pago y, sorpresa —aunque quizás no sea tan sorpresa—, la compañera le dice que no puede devolver el dinero.
Resulta que tiene un familiar enfermo, está atravesando dificultades muy duras y no puede pagar.
María lleva bien sus cuentas, pero las lleva justas. Su empatía la llevó a desajustar su presupuesto y ahora ese desajuste puede terminar teniendo consecuencias para ella y para su propia familia.

Esta experiencia me la compartió una suscriptora. Es una situación de la vida real y tampoco creo que sea algo extraño ni que ocurra pocas veces. De hecho, creo que ocurre bastante.
Y aquí entramos en un terreno interesante: las relaciones, nuestro tejido social y nuestro propio presupuesto.
Son situaciones complicadas cuando alguien cercano está pasando por un problema importante. Nosotros tenemos una intención legítima de aportar algo positivo, queremos ayudar, pero podemos terminar generando un déficit en nuestro propio presupuesto.
Y después aparece otro problema: la relación puede deteriorarse, quizás ya no vuelva a ser igual.

Entonces, ¿qué conclusiones positivas podemos extraer de este tipo de situaciones?
Después de analizar diferentes experiencias, tanto propias como de suscriptores, he llegado a una conclusión: estos escenarios pueden terminar siendo malos tanto para la persona que atraviesa el bache económico como para la persona que intenta ayudarla.
Y quizás, aunque suene duro, tenemos que entender algo:
nosotros no tenemos la capacidad de solucionar las situaciones económicas de las personas que nos rodean.
Si comenzamos desde ahí, creo que el resultado puede ser bastante positivo.
¿Por qué?
Porque cuando alguien se presenta ante nosotros con una enfermedad, un problema económico grave o cualquier otra situación complicada, si analizamos antes de desembolsar un solo centavo, podemos tomar una decisión que refuerce la relación, nos haga sentir bien, no desajuste nuestro presupuesto y nos permita tener la satisfacción de haber ayudado.
¿Cómo?
Analizando la situación y tomando decisiones correctas de acuerdo con nuestras posibilidades.
Si alguien se acerca con una situación de este tipo y nosotros no nos dejamos llevar únicamente por la tristeza o por la empatía del momento, nos damos tiempo para pensar y podemos ofrecer una solución más estable.
Tal vez no sea la solución que la otra persona quiere, pero puede ser una solución más estable para ambos y, sobre todo, para la relación.
Por ejemplo, si alguien nos solicita un préstamo y nosotros revisamos nuestro presupuesto, podemos hablar con sinceridad y decir:
«No estoy en condiciones de prestarte ese dinero.»
Y eso no significa juzgar a nadie.
Simplemente significa apegarnos a nuestra realidad.
También existe un escenario B.
Puede que no se trate únicamente de negar el préstamo. Quizás revisar nuestro presupuesto nos permita ofrecer otra opción.
Supongamos que una persona nos pide 50 dólares y, al revisar nuestras cuentas, nos damos cuenta de que podemos permitirnos regalarle 20 sin que eso desequilibre nuestro presupuesto.
Podríamos ofrecer esos 20 dólares.
Y aquí hay una diferencia importante: no estamos creando un compromiso para la otra persona, porque no tiene que devolverlos, y tampoco estamos creando un compromiso emocional para nosotros, porque no estaremos esperando que algún día nos los devuelva.
En ese punto creo que ya habríamos avanzado mucho.
Por eso, ante este tipo de situaciones, lo mejor puede ser analizar, pensar en frío, no dejarnos llevar únicamente por la tristeza o la empatía y ofrecer opciones.
Además, debemos ser conscientes de que no podemos solucionar las situaciones de los demás.
Por eso, si en algún momento tenemos que decir:
«No puedo.»
o:
«Ahora no estoy en condiciones.»
también tenemos que ser capaces de hacerlo.
Es posible que la persona que nos solicita el préstamo se sienta decepcionada o incluso molesta en ese momento. Pero probablemente, después de unos días, esa emoción pase y la amistad pueda continuar siendo la misma.
En cambio, si prestamos el dinero y finalmente no nos lo devuelven, aparece un problema diferente.
La relación puede deteriorarse, la amistad puede no volver a ser igual.
El buen ambiente de trabajo puede desaparecer.
Y recuperar esa relación puede ser mucho más complicado.
Por eso, al final, creo que el mejor modo de actuar es analizar la situación y pensar antes de decidir.
Si no podemos prestar, podemos decir que no.
Y si podemos ofrecer una alternativa que no represente un compromiso para ninguna de las dos partes, probablemente estaremos protegiendo mucho mejor la relación.

Una consideración adicional
Hay otro dato que debemos tomar en cuenta cuando prestamos dinero.
Cuando prestamos dinero estamos ofreciendo a alguien una posibilidad que, por alguna razón, la vida no le ha permitido tener en ese momento.
Puede ser un dólar, un euro, un peso o cualquier otra cantidad.
La vida no se lo ha dado y nosotros, al prestar ese dinero, estamos haciendo una especie de corto circuito en esa situación: algo que la vida no le ha permitido tener a esa persona, nosotros se lo estamos permitiendo.
Por eso también estamos asumiendo la responsabilidad de darle algo que, hasta ese momento, no había podido conseguir.
Esos 50 dólares llegan a la vida de esa persona y, cuando llega el momento de devolverlos, aparece una doble consecuencia.
La primera es positiva: cuando los devuelve, su palabra queda bien.
Ha cumplido.
Su palabra se refuerza y se vuelve más sólida.
Pero además ocurre algo más.
La vida le había negado la posibilidad de disponer de ese dinero en aquel momento, y nosotros se la facilitamos. Al devolverlo, esa persona demuestra que fue capaz de responder al compromiso que adquirió.
Pero si no lo devuelve, la consecuencia es diferente.
No solamente queda pendiente una deuda económica. También queda comprometida la palabra de esa persona y, con ella, la confianza.
Su palabra pierde valor.
Y reconstruir esa confianza puede volverse mucho más complicado.
Por eso, cuando hablamos de prestar dinero a amigos o familiares, quizás la pregunta no debería ser únicamente:
«¿Puedo prestarle 50 dólares?»
También deberíamos preguntarnos:
«¿Qué consecuencias tendrá esta decisión para mi presupuesto, para esa persona y para nuestra relación?»
Porque ayudar no consiste necesariamente en entregar el dinero que nos están solicitando.
A veces ayudar significa decir que no.
A veces significa ofrecer menos.
Y otras veces significa encontrar una alternativa que permita ayudar sin poner en riesgo nuestra propia estabilidad ni deteriorar una relación que valoramos.
Al final, ayudar también requiere pensar.
